En la industria de reuniones hemos aprendido a diseñar experiencias memorables, generar derrama
económica, detonar vocaciones productivas e incluso transformar a través de legados sociales y
académicos. Pero aún arrastramos una deuda: la comunicación estratégica.
La mayoría de los destinos, recintos, organizaciones y operadores siguen comunicando su oferta bajo la lógica del catálogo turístico: se exaltan playas, climas, camas disponibles, metros cuadrados de salones o
asientos de avión conectados, sin construir un mensaje con intención, sin establecer un relato que conecte con los públicos clave. Se habla de eventos como se hablaría de un paquete vacacional, olvidando que lo que mueve al mercado de reuniones no es el atractivo visual o la logística, sino el propósito.